martes, 30 de marzo de 2010

La noche es mi peor momento


Como si a la luna
la hubieran dejado allí,
colgada,
sin querer.

En tanta soledad
necesito una caricia.

Y esta luna sin brazos...




Para qué la quiero.





Para qué





lo quiero.

Estelar


Saldré a tu encuentro:
busco ofrendarte la mitad
de toda constelación de mi universo.

Y si son tantas las doncellas
que prendidas en el cielo
hornean crisantemos...

Yo también quiero hacer
que la noche se sonroje.

La hora inquieta


Estrellar esta ansiedad
contra el cielo de hoy,
fijando en el atardecer
líneas violetas de sangre
—excedentes de una herida—.

Pintar el firmamento
con restos de mí,
y que la noche los desplace
hacia otra zona del universo.

Es tan efímera la vida
que para qué hacer
saltar las horas.

Tempestad


Olvidé morir... ¿Habrá reparo?
Dejé sola mi soledad, y no por castigo.

Aunque tus ráfagas
hagan trizas las ventanas
jamás sabré, viento,
a qué has venido.

¿Despertarán las piedras?
¿Vendrán a visitarme los caminos?

A la memoria


Mi abuela calzaba zapatos de mimbre
que mecían mi infancia a puro color.
Sus rubios cabellos colgaban de frente:
un blanco perfume que me conquistó.
Jugaba a quererme vestida de lino y,
por su suave reloj,
pasaron los años corriendo a mis hombros,
y ahora de mimbre los pies tengo yo.

Desde la ventana


No es una rosa simplemente marchita
sino un epitafio sobre lo que aún respira:
un corazón cansado de penar,
aunque ya no le queden cicatrices.

Es aquello que, desde la ventana,
le demuestra al sol
que no fue suficiente.

El que no cree

A vos, que estas encerrado
en lo más oscuro de mi cuerpo:
¿cuán profundo ha de ser el vacío
para nunca colmarse?